EL PODER DE UN DEDO

 

 

Con un dedo, hay hombres que manejan el universo. Mujeres que, con un dedo, manejan a los hombres. ¡Qué no podemos hacer con un dedo! Desde                  darnos golpecitos con el dedo índ

ice en la sien para que quede constancia de alguna genialidad, hasta medir la inteligencia de algunos que solo tienen un dedo de frente. No necesitamos que nos den una mano. Con un solo dedo basta y sobra para dejar huella.

Con un dedo podemos poner a girar el mundo. Y luego, con ese mismo dedo, parar el globo terráqueo y decidir a qué lugar iremos. Soñar está, literalmente, a un dedo de distancia. Con un dedo podemos buscar una dirección en Google. Verla a través de un satélite. Saber a cuántos kilómetros está. Trazar un recorrido. Ir, a dedo, de un lugar a otro.

Con un dedo podemos saber si el café está frío. O caliente. Podemos quemarnos la punta del dedo como el coronel Aureliano Buendía cuando recordó aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. “Está hirviendo”. Con un dedo podemos saber si la sal sala y el azúcar endulza. Podemos meter un dedo entre el arequipe. Y conocer a la princesa del Palacio del dedo. Al fin y al cabo chupar dedo fue lo primero que jamás hicimos. Con un dedo podemos rascarnos la cabeza, la cola, un oído. Rascarnos y elevar el dedo meñique cuando alcemos la copa. Podemos ser orgullosamente dediparados. Y destapar una botella de champaña con el sonido de un dedo en la boca.

Con un dedo podemos señalar maleducadamente a una persona.

Con un dedo podemos encender un televisor. Cambiar de canal.

 

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